Martin Schönfeld

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Blinky Palermo en los Andes
Un proyecto artístico de Mónica Luza,
en diálogo entre el Viejo y el Nuevo Mundo

En 1999 Mónica Luza tuvo un encuentro inesperado e inusual cuando realizaba un viaje por el desierto peruano: en medio de aquel paisaje arcaico vio una pared de un azul profundo, que era sostenida por un zócalo blanco.

Como artista, y especialmente como pintora, esta pared azul en medio del desierto, fue una  experiencia estética particular. Parecía una irrupción de arte abstracto de Europa occidental en ese paisaje virgen de América del Sur del  que la artista hizo varias tomas con su cámara de fotos.

Los albañiles y los capataces que levantaron  esta pared azul no pensaron en absoluto en una obra de arte. Se trataba de una pared que el Instituto Nacional de Cultura del Perú había ordenado levantar en una desaparecida ciudad prehispánica cercana a Nazca, declarada patrimonio cultural.

Esa pared de azul profundo despertó el impulso creador de Mónica Luza. Más tarde, cuando  mostró las pinturas que había hecho, basándose en el material fotográfico, a Moisés Barrios y, nada más verlas, el artista guatemalteco dijo con espontaneidad y cierta chispa:  “¡Es Blinky Palermo en el desierto !”, ese impulso se plasmaba en un proyecto artístico.

Ese encuentro casual en el desierto del pais andino albergaba un tema en sí que Mónica Luza ya había tratado en varias ocasiones: el encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo; entre Europa y Latinoamérica. Un encuentro que la propia Mónica Luza ha experimentado, pués habiendo nacido en el Perú, vive y trabaja en Europa.
De regreso a Berlín, Mónica Luza buscó información sobre Blinky Palermo.  Desde 1964, el artista y pintor Peter Heisterkamp (1943-1977) se hacía llamar  “Blinky Palermo”. Había escogido como seudónimo el nombre de un promotor de boxeo y personaje de la mafia. A Blinky Palermo no sólo se lo conocía porque era discípulo de Beuys, sino también  por ser un destacado representante de la pintura europea del “colour field”, definida entre los estilos de arte povera y minimalista. Cuando en 1977, siendo aún joven, a la edad de 34 años, Blinky Palermo fallece en una de las islas Maledivas, el artista ya era una especie de figura de culto, de los últimos años de la década de los ´70 y de la década del 80, una especie de James Dean de la escena cultural alemana. Un artista que había madurado tempranamente, y alcanzado su plenitud, cuyo estilo de vida correspondía con el mito del “artista excesivo”.

Los cuadros con tela que había creado en especial desde 1966, que permitían interpretar  asociaciones paisajísticas a partir de su articulación horizontal, pasaban de ser una pintura sobre lienzo a cuadro objeto. Negaban el virtuosismo pictórico para alcanzar exclusivamente el efecto de los planos de color.

Mónica Luza leyó libros sobre Blinky Palermo, repasó los catálogos de exposiciones y la obra de Blinky Palermo. De hecho, Moisés Barrios tenía razón al decir que la pared azul del Instituto Nacional de Cultura de Perú era como un Blinky Palermo en el desierto. ¡Qué extraña casualidad!... que los obreros peruanos crearan una instalación espacial, sobre cuya cualidad estética filosofan desde hace décadas artistas y academias de Europa. Esta casualidad contiene para Mónica Luza un singular sentido del humor, una suerte de situación artística cómica. A tal punto, que desde 2003 recrea en diferentes constelaciones, dentro de su propia obra (sobre lienzo) y en estudios sobre papel, la situación cómica del “Blinky Palermo en el desierto” de un pais andino.  La configuración de superficies coloridas planas en el marco de un paisaje escogido es contemplada por la artista como una situación sobre todo humorística: ¡aquel artista que murió en 1977 en una isla solitaria, estaba presente donde ya hacía tiempo no había nadie!

Este pensamiento, en realidad divertido,  se renueva con cada cuadro que Luza realiza  para su proyecto. Cada cuadro representa una situación divertida e inimaginable: el encuentro de la avantgarde europea con el paisaje andino sudamericano, como fenómeno intercultural.

Mónica Luza dispone este inusual encuentro, en primer lugar desde una visión pictórica, como cuadro homogéneo compuesto por un paisaje de espacio y una superficie bidimensional.

En el mismo se contempla el paisaje sudamericano  y superficies de colores dispuestas en posición vertical, de totem, que aparentan estar de pie y otras más bien cuadradas. Mientras el paisaje configurado horizontalmente, ejerce un efecto arquitecónico más marcado, de construcción lógica, los cuerpos de colores infieren un efecto trascendental.

De este modo, las superficies de color parecen flotar en el espacio, perdiendo todo anclaje constructivo. Con ello deja traslucir el trasfondo humorístico de la idea básica
El motivo de la irritación visual que queda asentado en el contacto inmediato del espacio del cuadro con la superficie gana fuerza de expresión. El campo de color se convierte en señal del paisaje, pero asimismo es representante de una historia desconocida en ese panorama, así como también el impulso artístico de agradecerle a la pared azul como marca de la cultura prehispánica hundida en esa ciudad perdida.

Mientras los cuadros del proyecto de Luza aparecen un poco distanciados, concentrados, casi contemplativos pero de todas maneras con una tranquila expresividad,  los trabajos sobre papel,  tiene un aspecto más gestual, tiene más movimiento. Generan vehemencia  y casi se podría interpretar como una disputa entre plano y espacio.

Cada vez más Mónica Luza compone la relación entre superficie de color y paisaje como diálogo en el espacio. Deposita sobre el lienzo dos franjas de color con una composición normalmente horizontal  Asi también formalmente Luza regresa a Blinky Palermo quién asimismo al sobreponer un pequeño lienzo a uno más grande, amplió la pintura a un ensamblaje (assemblage) y el cuadro a un objeto de color. Así el cuadro se transforma en relieve. Gana plasticidad y así demuestra la superposición visual como implantación de una capa tridimensional; en este caso es la inserción de la vanguardia de la Europa occidental al paisaje sentido como latinoamericano.
En sus proyectos y talleres de trabajo Mónica Luza trata muchas veces el diálogo cultural entre Europa y América Latina. Este diálogo se ha convertido en un principio básico de su desarrollo personal. Estando posicionada como artista exactamente entre estos dos mundos de experiencia , puede reconocer lo todavía no descubierto en la vida cotidiana respectiva y explotar sus desafíos. No estar integrada completamente en ninguno de los dos mundos, se transforma en una ventaja estratégica. Esta posición le hace posible cuestionar en forma crítica esquemas mentales y artísticos y tomar como tema las discordancias de un diálogo intercultural. Así, por ejemplo, invierte con su proyecto “Blinky Palermo en los Andes” aquella dominación eurocentrista. Mientras que hasta ahora eran los artistas europeos que en sus obras incorporaron formas, estilos y temas de todas las regiones del mundo, Mónica Luza como artista latinoamericana se apropia del arte europeo para formular una propuesta respecto del espacio de la imagen y de su superficie. La tradición europea ahora le sirve como medio para su expresión individual artistica. Usa la vanguardia occidental como cantera para su creación artística individual la cual ella conscientemente coloca entre los continentes con una fuerte referencia a su país natal.

Martin Schönfeld
Crítico de arte
Berlín, 2010

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